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*..*Las imágenes que uso las he tomado de Deviantart. Muchísimas gracias a los respectivos artistas.*..*

"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad".
~Jean Paul Sartre.

Cassie

Es una invitación a que lean: Cassandra.
Es el otro blog que manejo... Es una historia larga, la estoy haciendo y la voy subiendo capítulo a capítulo, espero sea de su agrado: Cassie
Un abrazo, que disfruten!

domingo, 28 de abril de 2013

De por qué murió la Colombina



... Entonces giró su rostro para ver al Arlequín y entendió que aún cuando él fuera feliz, ella sería miserable.
Y luego, una vez más, lo giró hacia el Pierrot y supo, con toda certeza, que él sería miserable aún cuando ella fuera feliz.

martes, 23 de abril de 2013

Un paso más (para robarle al tiempo un instante eterno)


Un paso más hacia la torre,
la cabeza en alto,
la frente desnuda,
el alma henchida.

Un paso más hacia delante,
bajo la tempestad helada,
bajo el sol insaciable.

Un paso más hacia delante
con la espalda recta,
la mirada fija,
el corazón en vilo.

Un paso más hacia el vacío,
hacia la voz dolida
de las palabras yertas
al borde del abismo.

domingo, 31 de marzo de 2013

31 de Julio: Los pájaros negros



El calor es asfixiante. La primavera se ha ido y ya no creo en Dios.
Me refugio del sol inmisericorde bajo las ramas de un árbol enclenque y lo espero.
El campo huele a sangre y las aves vuelan en círculos esperando a que me marche, preguntándose que pedazo de mí dejaré esta vez para que coman.
Las horas avanzan, pero nadie viene.
Ya no siento ira. Ni siquiera tristeza. Esta vez será poco lo que alimente a los pájaros negros.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Queda poco que decir



Queda poco que decir
cuando el sueño va llegando a su final
cuando apenas alcanzan las noches para suspirar.

Queda poco que decir
entre la inocencia guardada en nuestro mar
dormida entre las luces que aún sostienen la añoranza.

Cuando se agota la esperanza
la realidad cala los huesos
y se queman los recuerdos
para olvidar a los lamentos.

Queda poco que decir
mientras esta tarde avanza.

Habrá que aprender a vivir
entre hojas afiladas
entre papel corrosivo
y entre sonrisas planas.

Habrá que aprender a mantenerse firme
mientras se desvía el firmamento
mientras los párpados descansan
y las almas se desplazan.

Queda poco que decir
mientras reposo mi cabeza
en tu pecho ahora desnudo
y en tu corazón incierto.

martes, 26 de marzo de 2013

-



Creo que desde que te marchaste te he visto en la calle un par de veces.
Supe que estabas ahí sólo para observarme y me pregunté si acaso podrían ser esas las únicas veces que habías bajado a lo mismo.

Quiero que sepas que no me he olvidado de ti, es imposible. Pero, tal como dijiste, aquí sigo, viva, cobarde, melancólica, pero viva.
No pude seguirte, me falló la voluntad. Perdóname, aún tengo cosas que hacer. Creo que ya los viste, él ya carga con cuatro y ella está aún en mis brazos.
El tiempo corre por migajas cada que paso frente aquella plaza en la que te vi por última vez. Es como si todo al rededor comenzara a derretirse y se fundiera con mi mente, haciéndola hervir, volviéndola una masa lenta y pegajosa. Pero los tres me necesitan y ahora que puedo abrazarlos no voy a partir una vez más hacia la soledad, porque creo que si quedaste en alguna parte del purgatorio por lo que hiciste, yo me iré derecho para el infierno.

No me malinterpretes, no me estoy quejando de mi vida, que si pudiera darles otro lugar seguro te seguiría, no. Tal como dijiste, soy feliz. Pero lo que sí debo decirte es que, desde que te marchaste algo me retumba en la cabeza; creo que es la voz de una arlequina llorando porque ha perdido su arlequín... Me pregunto cuanto tiempo tardará en hacerse ella con el mando.
Sé que ahora no será, lo sé muy bien porque tengo unos brazos que me sostengan, porque tengo otros tres pares de ojos reflejándome en ellos y a los tres los amo con toda mi alma... Lo que me pregunto es qué pasará cuando el par más viejo se haya ido y los otros dos hayan crecido ya... Creo que ya no tendré más que hacer. Todo se teñirá de rojo y negro y comenzará a sonar música de feria al ritmo de un tiovivo que está a punto de caerse a pedazos. Creo que ahí la arlequina se cobrará por fin su venganza dentro de mí, tomará la pistola que no dice "BANG" cuando jala el gatillo, la de verdad, y se volará los cesos. Los regará dentro de mi cabeza y quemarán cada rincón de mi existencia, me volará el alma.

jueves, 21 de febrero de 2013

En su nombre


En su nombre he quebrado templos, hechos de mármol y de fuego. He pasado sobre los restos carbonizados de sueños despojados de su esencia.
En su nombre me hice inexistente a los ojos de quienes han juzgado impertinente el movimiento de los soles cuyos rayos no golpean la superficie de la tierra. Desaparecí entre nubes para que la luz no volviera a atravesar mi pecho.
Cada vez más pálida, cada vez más débil, extendí mi pena a las raíces de los árboles y la dejé colgar de las redes blancas en las que mueren los insectos insignificantes. Me convertí en araña y capturé un par de almas para cobijarme cuando el frío me envolviera.
En silencio me convertí en el viento y viajé tan lejos como pude, tratando de alejarme y de abarcarlo por completo. Me hice lluvia y golpeé la tierra con mi peso, su rostro con mi aliento.
Gota tras gota no obtuve respuesta y me transformé en serpiente, me arrastré en el fango hasta enroscar sus pies y alcanzar su cuello, pero al pasar junto a su pecho se evaporó el veneno y me volví rocío.
El calor me deshizo y me elevó hasta el cielo. Subí tan lentamente que para cuando alcancé las nubes, la Luna ya esperaba mi regreso.

martes, 19 de febrero de 2013

Tránsfugas

Hace algún tiempo, cuando conservaba un pedazo de infancia más grande que del que soy dueña en este momento, me crucé durante alguna de esas noche extrañas con un ángel nocturno (o un lobo alado) que dormitaba a la espera de algo.
A pesar del dolor por el que hemos tenido que pasar ambos, me gusta creer que esperaba por mí.

.....

Tránsfugas



De espaldas a la noche, con la cabeza gacha y la sonrisa apenas apagada por el miedo, su silueta se recortaba contra el marco de la ventana. Era hermosa, la noche. ¿Y ella? Ella era una palabra impronunciable.
Él, sobre la cama, con la cabeza entre las manos, recordaba cada momento con un estremecimiento. No se atrevía a mirarla, apenas si se atrevían, los dos, a soñar en silencio.
Pronto sería tarde, se les iba agotando ya el tiempo, y vendría ahora la luz a reprocharles lo que, bajo el cobijo de la paciente luna, habían hecho. Pero los vidrios a sus pies ya no podían ser unidos de nuevo y aún podían moverse entre las sombras, como dos fantasmas que recorren lo que habitaron alguna vez.

...

Cinco pisos de altura era demasiado poco para escapar del miedo y su alma ya se había escondido hacía mucho entre los pliegues de sus sueños. Para entonces era ya imposible detenerla, se había puesto a escribir como si no hubiese tiempo, como si no hubiese dolor ni pena.
Ni culpa.
La tarde era una espiral, aunque ascendente, para variar. Sentía como su locura se elevaba sobre las nubes y llenaba su cuerpo, su mente, sus sueños. El dolor no era nada comparado a la calidez que se extendía por toda su piel. La pena de abandonar (matar) un amor un tanto incierto era tal vez muy pequeña comparada con el río de gozo que estallaba en su interior. La culpa... La culpa era demasiada para soportarla. Su alma lloraba en silencio y reía por igual. Se sentía como una pequeña muñeca de trapo, abandonada a un destino demasiado joven e impulsivo.
Las sábanas, cubiertas de sudor y sangre, la miraban con reproche. ¿Quién era ella, acaso, para quebrar en tantos pedazos los sueños de otra alma un tanto desequilibrada (aunque jamás lo suficiente para soportarla y mantenerla)?
Calla, no es justo.
Pero lo era. Sabía que lo era. ¿Qué había hecho él por ella aparte de elevarla en el firmamento (obligándola a creer para destruirla después)  y luego aplastarla con brusquedad contra la porquería del mundo?
Calla, no era eso lo que él deseaba.
Era cierto. No era lo que deseaba, pero era lo que era. Lo que siempre había sido, lo que era cada uno de ellos de pie en esa esfera de miseria. Menos él, frente a ti.
¡Basta! ¡No sueñes con otro!
Ya habían sido demasiadas las oportunidades, había querido morirse de alguien, pero jamás había encontrado a quién querer tanto.
Uno y otro, y otro más. Todos acababan igual, exánimes a sus pies, con ese amor ponzoñoso regado por la habitación, rojo, muy rojo, muy muerto.
Y ella, ella los observaba en silencio, con lágrimas mudas, cargada de culpa, pero aún aferrando el gatillo con fuerza, sintiéndose sola, muy sola. Pero esta vez no. Esta vez sólo se aferraba con fuerza al marco de la ventana, sin levantar la cabeza y sin atreverse a mirarlo, porque esta vez no había sido ella quién había jalado el gatillo. Habían sido ambos.
Y a sus pies se encontraba un recuerdo borroso e inerte. Jamás podría volver a tener lo que ella le había entregado, jamás sería suyo de nuevo y esta vez la muerte no había venido veloz, sino lenta, muy lentamente, para esa pequeña alma que aún recorría la espiral descendente mientras ella, cargada de culpa, giraba hacia arriba y lloraba. Y reía.

-No. Calla. No pienses. Dame sólo esta noche. Démonos sólo esta noche, para soñar, para entregar esos sueños a la locura. No llores más, ven.
Las luces en la ciudad comenzaban a encenderse, mientras sus sollozos comenzaban a apagarse lentamente y se mezclaban con el viento que se colaba por las celosías.
Lo miró con la boca entreabierta y los ojos perdidos. Sus ojos estaban rojos y cubiertos de lágrimas, pero la luna ya se alzaría pronto para acunarlos a ambos en el sueño despierto de la noche.
Viajó hacia sus brazos, una distancia casi infranqueable entre el dolor y la esperanza. Pero viajó tratando de encontrar un sosiego que había perdido cuando supo que el mundo se desmoronaba a sus espaldas.
Una noche, eso era todo lo que le pedía. Una noche para intentar olvidar que el mundo estaba muerto y deshecho, que el mundo jamás sería su sueño. Sólo una noche para recorrer los callejones del sueño y abrazar la noche con fuerza, aferrarse al frío que calmaba el dolor. Una noche para olvidar lo que ambos habían hecho o tal vez para aferrarse a ello sin culpa, con orgullo.
Un simple salto, una distancia insalvable, ser cómplices en aquella huida de un mundo que ya no tenía sentido.
Promesas, tantas promesas y sueños.
Sus manos sobre su cuerpo, el gatillo en suspenso, la respiración entrecortada, el alma alzándose en vuelo.
Una noche para olvidar la traición a la pena que se había impuesto, para olvidar el amor que los había deshecho.
Una sola noche, por fin, para saltar al vacío, para sentir el vértigo de caer, de estar juntos y no arrepentirse.
Ella se separó de la ventana lentamente, mientras el sol dejaba caer los últimos rayos sobre su cuerpo, las lágrimas se desvanecían poco a poco mientras su piel recuperaba la calidez, en sus pupilas bailaba de nuevo esa pequeña luz de esperanza que nunca se marchaba y que no desaparecería jamás, a pesar del dolor y la pena.
-Y ahora... -él extendió sus brazos para recibirla con ternura, con encendida ternura- Prométeme que si no morimos, buscaremos otro país, veremos otra luna, tenderemos otros nombres, te reirás de nuevo y tendremos una barca frente al mar.

"...Frente al mar..."




Muchísimas gracias a Esteban Giraldo, no solo por permitirme disponer de "Tránsfugas" para la realización de este cuento, sino por haberla creado y darme la oportunidad de soñar bajo sus acordes.
Pueden encontrar su música aquí: Estebangira Bandacamp.

martes, 15 de enero de 2013

La Torre del Reloj


Fuera no se oían los pasos, ni los correteos, ni la música, ni las voces.
Al ocultarse el sol, eran pocos los rezagados y procuraban caminar en silencio, evitando la torre por cualquier medio.
En medio de la ciudad, se alzaba aquella gigantesca mole. Puntiaguda, con sus paredes de piedra manchada por la humedad, coronada por una cruz algo oxidada. Un par de metros más abajo de la punta, un reloj descomunal aún continuaba marcando el pasar del tiempo, aunque sus manecillas de cobre se cubriesen ya de un verde algo oxidado.
La entrada permanecía sellada desde hace tanto tiempo que los habitantes del lugar no lograban recordarlo. Se decía que si aquella puerta llegaba a abrirse alguna vez, los muertos que vivían dentro reemplazarían a los vivos y los habitantes serían sellados dentro de la torre. La ciudad se convertiría en un lugar maldito para siempre.

En medio de la noche, los lamentos vagaban con la brisa nocturna. El mar golpeaba el risco sobre el que se extendía la ciudad y la neblina se alzaba lentamente.
El coche se detuvo poco a poco y un hombre de aspecto extranjero descendió con cuidado. El conductor se quitó su sombrero y le dijo:
-Debería usted pasar la noche en otro lugar. No encontrará un sólo sitio donde lo reciban a esta hora.
El hombre sacudió la cabeza y se echó su bolsa al hombro. Luego le respondió con un alemán bastante mediocre:
-Prefiero pagar un alojamiento, por costoso que sea, en lugar de continuar en los caminos a esta hora. Usted también debería pasar aquí la noche.
El conductor, molesto por el tono prepotente de aquel hombre, se puso el sombrero una vez más y agitó las riendas de sus caballos.
-No importa cuanto dinero les ofrezca. Por mi parte, prefiero desafiar a los vivos.
El carruaje se alejó a gran velocidad y el hombre se lo quedó mirando por un momento. Tal vez había comprendido mal la última frase.
Comenzó a caminar por las estrechas callejuelas, apenas había espacio para que un coche anduviera en ellas. Negó con la cabeza, fastidiado. Detestaba tener que atravesar lugares que no le eran familiares, más aún si no podía expresarse en francés. El alemán era un idioma demasiado tosco, desagradable al oído. Y al habla.
Pocas casas más allá del borde, un anciano se balanceaba sobre una silla de madera. Junto a él, una pipa de aspecto anticuado y un vaso con algún licor.
-Si yo fuera usted, pasaría la noche entre los árboles y no en este lugar.
El hombre se asombró al escucharlo hablar. Pensó que el anciano dormitaba.
-Moriría de frío entre los árboles, o quizá me devoraría alguna bestia, o terminaría a manos de algún salteador de caminos. No me parece una muy buena idea.
El anciano se encogió de hombros.
-Aquello sigue pareciendo una mejor idea, muchacho. Las tierras que guardan historias como esta, deben ser tratadas con cuidado.
El hombre no estaba dispuesto a seguir discutiendo con lo que consideraba un anciano que comenzaba a perder la cabeza por la edad. Estar ahí afuera en medio de la noche, con poco más que una bufanda de lana al rededor del cuello, le parecía una locura.
-Iré a buscar una posada y usted debería también buscar un lugar para guardarse. El viento sopla con fuerza y, si es posible, esta noche se pondrá más fría. Estas tierras parecen estar hechas de hielo.
El hombre le dedicó un pequeño asentimiento de cabeza y prosiguió su camino.

Caminó hasta el centro de la ciudad, tocando algunas puertas. Si acaso, se encendía una luz y le respondían con acento marcado que se fuera de allí.
Se dejó caer sobre una banca en la plaza. Tendría que pasar allí la noche. Ese lugar era un mal sueño. Una torre del reloj de aspecto viejo y sucio se alzaba en medio del lugar, parecía a punto de desmoronarse y el hombre se preguntó por qué no la habrían derribado aún para construir algo que no fuera tan horrible.
Abrió su bolsa y sacó una manta pequeña, se la echó encima y se acostó, usando su bolsa como almohada.
Cayó en un sueño intranquilo, interrumpido por el sonido de las campanas de la torre que se alzaba en medio de la plaza. Anunciaba la media noche.
Cerró los ojos una vez más, tratando de conciliar el sueño, pero un débil gemido llegó a sus oídos. Trató de ignorarlo, pero no parecía que fuera a desvanecerse, por lo que se sentó una vez más y entornó los ojos, tratando de adivinar entre la neblina creciente de dónde provenía aquel sonido.
A pocos pasos de distancia, junto a la torre del reloj, una pequeña niña sollozaba. Sentada en la fría piedra, con su espalda contra la torre, se abrazaba a sus rodillas y se secaba las lágrimas con su vestido.
Era rubia y tenía el cabello larguísimo, peinado en cuidadosos rizos que le caían hacia atrás como una cascada, alejados de la cara por una hermosa diadema que parecía ser de plata.
El hombre caminó hacia ella sin poder evitarlo. Estaba tan sola y desamparada como él.
Cuando la niña notó que se acercaba alzó su rostro y lo miró con fijeza. Tenía unos ojos enormes, color avellana, que lo miraban enrojecidos por el llanto. Sus mejillas eran pálidas, pero estaban cubiertas de pequeñas pecas que la hacían parecer aún más pequeña.
-¿Qué te pasa, pequeña?
Le preguntó el hombre en su alemán arrastrado y se arrodilló junto a ella.
La chiquilla parecía no comprender lo que le decía, así que trató una vez más, esta vez en francés.
-¿Qué te pasa, pequeña?
Esta vez la niña señaló la torre y le respondió en francés.
-Mi hermano está atrapado allí dentro y no logro abrir la puerta. Me dijo que iba a entrar para buscar un lugar en el que pudiésemos pasar la noche y ahora no puede salir.
El hombre estaba encantado. Por supuesto, aquel ser tan hermoso no podía pertenecer a esas tierras. Ella y su hermano debían haber estado viajando también, debían estar en la misma posición en la que él se encontraba. Sonrió y le tendió la mano a la chiquilla.
-Muy bien, pequeña, vamos a sacar a tu hermano de allí.
Ella le tomó la mano, estaba helada. Por supuesto, no tenía ningún abrigo encima. Negó con la cabeza. En ese lugar dejarían morir a una niña en la intemperie sólo por tontas leyendas.
Juntos, caminaron hacia la puerta. El hombre empujó, pero la madera de la que estaban hechas no cedió.
Pudo escuchar como algo se movía en el interior.
-¿Hola?
Era la voz de un muchacho, no demasiado joven. El hombre se acercó un poco más a la puerta para hablarle.
-No se preocupe. Trataré de echar estas puertas abajo, por lo menos de hacerles algún agujero, no parecen demasiado firmes.
Empujó de nuevo, esta vez con más fuerza. La madera crujió, pero, nuevamente, no se abrieron.
La pequeña lo miraba con los ojos muy abiertos, expectantes.
El hombre tomó impulso y se lanzó hacia ellas con todas sus fuerzas, si no podía abrirlas, las derribaría. El choque fue más fuerte de lo que esperaba, sintió una punzada de dolor en el hombro, que se convirtió en una ola de calor expandiéndose por su brazo, soltó un grito. Probablemente se lo había dislocado.
Cerró los ojos con fuerza y apretó el puño para alejar el dolor. Cuando los abrió nuevamente, la pequeña ya no estaba allí. Miró al rededor, pero se encontraba solo.
Giró una vez más hacia la torre. La puerta había cedido y, como si tuviera un mecanismo interno que acabara de activarse, comenzó a abrirse lentamente ante sus ojos.

Tinta con vida

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