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*..*Las imágenes que uso las he tomado de Deviantart. Muchísimas gracias a los respectivos artistas.*..*

"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad".
~Jean Paul Sartre.

Cassie

Es una invitación a que lean: Cassandra.
Es el otro blog que manejo... Es una historia larga, la estoy haciendo y la voy subiendo capítulo a capítulo, espero sea de su agrado: Cassie
Un abrazo, que disfruten!

jueves, 28 de abril de 2011

Sueños a mar abierto


Tu piel bajo el cielo y el cielo bajo tu piel.
Tu cabello que se enreda en las enredaderas de papel.
Y mi boca que siente aún de tus labios aquel embriagante sabor a miel.

Soñarte a mar abierto.
Y amarte con sabor a sal.
Quererte bajo el sol ardiente.
Y soñarte por la eternidad.

Llorarte bajo los sauces.
Y reírte llena de paz.
Abrazarte la vida entera.
Y no llorarnos ni una vez más.

Tu piel dentro del mar y el mar dentro de tu cuerpo.
Tus ojos clavados en los míos, clavados en los recuerdos.
Y mis manos bajo las tuyas danzando tu minueto.

martes, 26 de abril de 2011

Babosa


Soñar... ¿Qué me cuesta soñar?
Me cuesta una vida entera y la entregaría de gusto.
Pero no.

Me marcho a dormir y las cortinas aún no se levantan. Me marcho del día y en la noche no encuentro lo que busco porque se borró del mapa.
Se apagó.
Se apagó porque esa luz ya no es la más brillante... Ya no es la guía de nadie.
Mi cabeza se ha quedado corta para vivir con audacia, no conecto con la velocidad necesaria. Se me agotan las palabras.
¿Qué fue de mí?
¿A dónde ha ido a parar el intelecto del Sombrerero?
Ya no me quedan sino los anillos de humo de lo que antes era tierra y agua.
Me queda la sensación de lo que alguna vez estuvo... O tal vez de lo que ni siquiera existió jamás.
Vivía en mi propia realidad y en su cotidianidad. Y ya no existen porque he visto más allá de la niebla que cubría mi lento caminar.
Y los he visto a ustedes, a todos con los que jamás me atreví a hablar.
Tan cómoda que estaba en mi agujero de babosas... Y ahora me doy cuenta que el mundo no es de baba sino de garras y rápidas miradas.
Yo me alimentaba de esas cosas. Las salaba y me las comía fácil y sin ganas. Eran simples y dóciles, sencillas, tontas. Tanto que me las terminé todas.
Y salí y los vi a ustedes, a ti y a quienes realmente piensan y me di cuenta que mi reloj estaba oxidado, que nació cubierto de un óxido pegajoso, tan simple que sólo le alcanzaba para procesar babosas... Y lleno de baba se quedó. Llena de baba me quedé bajo la lluvia, abandonada, sola, triste y viscosa.

Y a vos te vi de cerca y no pude alcanzarte, mi mente es ahora lenta, mi talento se fundió entre tanta sal y tanta nada.
Ya te lo dije antes, me quedé sola, abandonada y cubierta también de baba.








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No voy a publicar los comentarios que me envíen a esta entrada. Son igual bien recibidos, siempre. Pero no voy a publicarlos por razones personales.
Un abrazo y feliz noche para todos.

domingo, 24 de abril de 2011

De nuevo


El dolor de cabeza se hace insoportable a medida que los segundos se van derritiendo en la vela que no logra calentarme el alma.
El cuarto en la penumbra es mucho menos espantoso que a plena luz del día, con las sábanas vacías y bien puestas. Y el silencio que llena cada uno de los vacíos es mucho menos punzante que las notas de alguna canción que llegó a rebotar sobre su piel.
Si tan sólo pudiera darle la vuelta a las manecillas del reloj en dirección contraria... Rebobinar el mundo y quitarme de encima algunos segundos de dolor, corregir algunos errores, recoger las lágrimas derramadas y escuchar su voz una vez más.

En los brazos de la noche se está mejor que en los brazos de algún extraño.
Por lo menos era eso lo que había pensado alguna vez, pero este no era el momento ni el lugar para soñar, y las sábanas que se encrespaban sobre mis piernas me secaban el sudor y las lágrimas.
El dolor de cabeza haciéndose cada vez más intenso y la Luna allá, demasiado arriba para tomarla con las pestañas.
Una caricia sin significado y una mirada vacía con una sonrisa falsa. Todo eso acompañado con un poco de té frío y un chocolate para subir el ánimo.

Si el fuego calentara el alma como el cuerpo, me habría lanzado a una hoguera tan grande como las piras de las brujas durante la inquisición.
Pero el fuego no calentaba el alma como el cuerpo y ya no estaba en la Edad Media. Era una pena.
Dale la vuelta al reloj, Alicia. Está bien si el reloj está de cabeza, así también va a estarlo el tiempo y voy a poder recoger todas las frutas que ya se cayeron del árbol para pegarlas con un poco de azúcar, miel y agua.
¿Dónde estarán ahora su cabello y sus labios? ¿Reposarán sueltos y cerrados sobre su almohada, o estarán enfriándose con el viento y las nubes de sal?

¿Qué hora es?
¿Es ya tan tarde?
Hay que regresar, para que el tiempo siga corriendo y no haya que estar echada sobre un pecho vacío, sin alma y sin corazón.
Adiós.
¿Eso es todo?
¿Y qué esperar si no?
Adiós.
Lágrimas, un poco más sin sábanas para secarlas, sólo el vacío de la noche, el vacío del cuerpo, el vacío del alma.
Dame un café con leche.

Que fría es una habitación cuando no hay unos labios devolviéndote la sonrisa que le envías a unos ojos. Que vacía es la noche sin las estrellas que te habías acostumbrado a tocar.
Acostumbrado.
Que se devuelva el tiempo para que pueda desacostumbrarme a la belleza y al cariño. Que se regrese todo a su cajita para comenzar una vez más y estar cerca de verdad.
Perdón.
Aún espero su voz, la espero. Suena, resuena y recontrasuena dentro de mí.
Vení volá, sentí.
Pero aquí. Junto a mí.

El camino a casa está tan solo que ni las ratas se atreven a corretear por ahí.
Suéltenme.
No grites.
Suéltenme.
No llores.
Mátenme.
Silencio.


El clavel se ve muy lindo sobre tu lápida. Ojalá pudieras salir a verlo, aunque la lluvia lo ha maltratado un poco. No ha parado de llover desde que te marchaste. Creo que el cielo se siente triste. O tal vez nos castiga por haberte dejado partir.
Ambos claveles se ven muy lindos sobre tu lápida. Lamento no haber sido el único, supongo que alguien más te extraña esta noche sin Luna y sin amor.
Regresá. No volés más lejos y vení, sentí.

lunes, 18 de abril de 2011

Agatha


Se llamaba Agatha y tendría seis años, un listón verde mal puesto y el cabello color del trigo bajo el sol. Sus ojos eran negros y tenía tus pestañas. Un oso de felpa colgaba de su mano, desmadejado, como si el viento pudiera elevarlo a la Luna.
Me miraba y su boquita de cereza sonreía levemente, siempre lo hacía, siempre lo haría. Me haló de la manga de mi vestido blanco y me abrazó, apoyando su cabecita en mi vientre. Le acaricié y cerré los ojos.
Me pidió que le enseñara el mundo, yo la aparté de mí y me agaché para quedar a su altura. Le negué, en silencio. Ella insistió y fijó en mí su pupila oscura. No. Puso su manito sobre mi rostro y me acarició con suavidad -soy fuerte-. Más que nosotros, más que el mundo... Está bien.

Fuera del refugio las bombas caían casi como las hojas que se desprendían de los árboles en otoño.
Un pequeño lloraba a la distancia sobre un montón de algo carbonizado. Alzó los ojos lentamente y nos observó, perplejo. Éramos tres, aún vivos, en medio del caos y del silbido que se había apoderado de nuestras almas.
Agatha comenzó a llorar en silencio, de los oídos del niño se desprendía un pequeño hilillo de sangre. Probablemente había quedado sordo con las explosiones.
No pude detenerla cuando corrió hacia él.
Lo abrazó y corrieron juntos entre los cuerpos cenizos en el pavimento erosionado y sucio.
El pequeño era menor que ella y fue ella la que se encargó de sanarle las heridas. Él la observaba embelesado y sonreía mientras, en el silencio amortiguado del refugio, Agatha iba y venía de un lado al otro, limpiándole la sangre.
Lloré en silencio tomándote la mano, creo que lo recuerdas.

Cuando las bombas cesaron y los radios anunciaron que podíamos salir y ver el sol de nuevo, me resistí. No quería ver nada. Quería estar ciega. Y si acaso lo fuera, sabía bien que podría oler la muerte regada entre todo lo que había querido.
Me abrazaste y Agatha me tomó la mano. Lloraste y ella te secó las lágrimas mientras yo te observaba en silencio.
El silencio se había convertido en una constante entre los tres. Jamás necesitamos realmente hablar.

Agatha salió primero, con el pequeño de la mano y yo los seguí. Tú te quedaste atrás, cegado por la luz de la trampilla apenas abierta. Regresé sobre mis pasos y te besé. Me tomaste con fuerza entres tus brazos. Y lloraste. Y luego reiste.
Reímos un par de segundos hasta escuchar la risa de Agatha también, era como la de un cascabel, era hermosa y clara. Lloré mientras reía, al igual que tú.
Estábamos vivos luego de tanta cordura humana, lo estábamos. Y no sólo lo estábamos, sino que habíamos salvado una pequeña vida que tenía mucho que hacer cuando nosotros no estuviéramos ya.

Se llamaba Agatha y tendría un par de semanas y yo ni siquiera lo sabía.
Se llamaba Agatha y tendría tus pestañas, mi boca y su propia mirada.
Se llamaba Agatha y nacería en una noche de Luna llena.
Se llamaba Agatha y aún no lo sabíamos, pero me abrazabas por la cintura al atardecer y ella ya sabía que la amaríamos como jamás habíamos amado. Sólo porque era ella, porque sería nuestra luz, más fuerte que ambos, más fuerte que el mundo.

lunes, 11 de abril de 2011

Te vi


Te vi,
y la sangre saltó dentro de la herida.
Te vi,
y se me abrió el corazón de por vida.
Te vi,
y en mi alma sólo llovía.

Tinta con vida

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