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"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad".
~Jean Paul Sartre.

Cassie

Es una invitación a que lean: Cassandra.
Es el otro blog que manejo... Es una historia larga, la estoy haciendo y la voy subiendo capítulo a capítulo, espero sea de su agrado: Cassie
Un abrazo, que disfruten!

miércoles, 18 de abril de 2012

Cuervos


Dania era casi perfecta.
Su piel era tan blanca y tan suave como las nubes que juguetean con el viento al comenzar el día.
Sus cabellos brillaban bajo la luz de la Luna con una luz cálida, propia, dorada como el trigo al sol.
Su voz había sido como el cantar de un gorrión al caer la tarde la primera vez que Daniel la había escuchado hablar.
Y su boquita, sus mejillas... Usualmente eran sonrosadas y vibrantes, aunque ahora ambas estaban pálidas, pero era de entenderse perfectamente, porque Dania estaba muerta.

Ahí, tendida sobre el frío suelo en medio de la noche, bajo la luz intermitente de un farol averiado, estaba Dania con sus ojos como de chocolate muy abiertos, pero su boca bien cerrada. Como si el grito se hubiera escapado por su mirada y no por su garganta. Sus ojitos ya no brillaban, pero aún tenían guardados los recuerdos, por lo que Daniel decidió cerrar sus párpados, para que no se le escaparan.
Ahí, bajo la lluvia tenue que comenzaba a empapar la ciudad ya tan tarde, Dania estaba muy quieta y sus heridas apenas podían adivinarse. La sangre se lavaba lentamente de su vientre abierto y una manito reposaba sobre la herida, tan blanca ella y tan roja la sangre, como si quisiera contener la vida que se le escapaba a borbotones.
Daniel tenía que admitir que incluso así se veía hermosa. Con la ropa empapada y los cabellos enmarañados, con la sangre manchando su delicada tez y con aquel moretón en la mejilla. Aún así se veía hermosa.

Se puso de rodillas junto a ella en un arrebato que no pudo contener y la levantó del suelo. Con algo de esfuerzo la alzó en sus brazos y caminó bajo la lluvia en la calle desierta.
Habían sido felices. Tan felices que no era justo que durara para siempre.
Estaba helada a pesar de que llevaba poco tiempo sin vida. La lluvia se había encargado de llevarse con ella la calidez que aún le quedaba. Agua y sangre los empapaban a ambos mientras él caminaba con ella en brazos, como si la llevara a la cama.
La sangre bajaba por sus piernas a medio cubrir por su faldita de encaje negro y Daniel adivinó lo que aún no había sido capaz de ver.
Lleno de dolor continuó caminando, con el alma contenida en los puños.

....

La noche era densa, pegajosa, como si no fuera capaz de desprenderse de los cuerpos que aún caminaban entre ella, como autómatas de diversos orígenes.
Era una noche gris, tóxica, abandonada a la inconsciencia.
Ella no debía amar esas noches, pero las amaba. Amaba todas las noches y por eso se había fundido con ella. Por supuesto, había llamado a Daniel, pero se le había adelantado descuidadamente, para encontrarlo por sorpresa.
No los vió a tiempo porque se acercaban en silencio y ella en su cabeza cantaba.
Todo giraba vertiginosamente, iba demasiado rápido, viraba y viraba a tanta velocidad que pensó que iba a morir. Y así fue.
Abrazó la muerte con alivio, casi con deseo. Su cuerpo deshecho y ultrajado yacía en el suelo, un tanto lejos del lugar en el que ahora se encontraba.
Luego vino Daniel, luego el camino. La Luna cubierta por las nubes cada vez más negras, cada vez más grandes. Daniel apretaba los dientes y ella lo observaba dubitativa y la muerte, anhelante.

La noche era tóxica, sí. Despiadada.
Y aunque hubieran sido capaces de adivinar lo que se les venía encima, jamás habrían podido defenderse porque mientras él los hería una y otra vez con sus manos desnudas, consumido por el dolor y la ira, ella los observaba sentada sobre la acera empapada y sucia, donde Daniel la había depositado con cuidado, recostada sobre una pared, como si durmiera.
Él cayó sobre ellos como una sombra y ellos no podían hacerle lo que le habían hecho a ella hacía sólo un par de horas.
Dania había sido dulce, sí, ¡cuán dulce!
Pero ahora estaba muerta y por eso cuando uno de ellos se arrastró hasta su cuerpo ahora helado, tratando de huirle a la muerte, ella hizo que sus ojos se abrieran y una sonrisa cruel se dibujara en sus labios, como regalo a aquel monstruo que le había arrebatado la vida.

2 pensamientos:

Anónimo dijo...

Me gusto mucho, buen trabajo ^^.

Att:901

Ximena Soto Osorio dijo...

Gracias, hoy y siempre. :)

Tinta con vida

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