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*..*Las imágenes que uso las he tomado de Deviantart. Muchísimas gracias a los respectivos artistas.*..*

"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad".
~Jean Paul Sartre.

sábado, 16 de julio de 2011

Dadme un Libro


Dadme un libro.
Dadme uno donde pueda depositar mis sueños de infancia,
uno en el que pueda descansar mi memoria,
uno en el que pueda creer cuando se hayan ido los niños,
uno que nunca me olvide aunque haya crecido.

Dadme un libro.
Seré yo quien reviva sus páginas,
quien renueve su tinta,
quien vierta en él lágrimas
y lo llene de sonrisas.

Podeis quitarme la calma,
arrebatarme la paz.
Podeis en medio de la noche
hacer que tiemble mi hogar.

Podeis herirme por dentro,
tratar de hacerme callar.
Podeis llevarme tan lejos
como os atrevais a viajar.

Pero dadme un sólo libro
en el que pueda confiar,
en el que pueda reírme
y en el que pueda soñar.

Dadme un sólo libro
con el que pueda aprender a llorar,
a acariciar los claveles
y a nunca olvidar.

Dadme un sólo libro
que bien sepa guardarme los sueños
y no lograreis nunca
arrebatarme mi cielo.

sábado, 9 de julio de 2011

Alegría


Alegría,
que efímera eres,
que caprichosa.
Te escurres entre las manos del tiempo
como si fueras una nube taciturna
que se niega a irse por completo
del cielo que comienza a ser incierto,
como una nube que poco a poco se evapora
pero que ni siquiera llora.
Te haces pasar por mariposa
y con las flores floreces al primer sol de la mañana
pero en la noche ya te guardas
se te apagan ya tus alas.

Alegría,
que huraña te has vuelto.
Te escondes entre las hojas del cedro
como un ave pequeña que se oculta para no ser presa.
Como la sombra a medio día
te niegas a extenderte para dar cobijo.
Y en el invierno más crudo
si apenas te asomas para dar abrigo.

Alegría,
te convertiste en la utopía del poeta,
en la locura del artista,
en el murmullo de la música.
Alegría,
te lo ruego
por las estrellas, por la Luna, por los soles,
por la locura y perdición de los soñadores,
vuelve a casa.

viernes, 1 de julio de 2011

Circus


Llovía.
Las nubes cubrían todo el firmamento y las horas pasaban lentamente para el pequeño sentado en la cama.
Lloraba.
Las lágrimas iban a parar a la colcha como las gotas de lluvia al pasto y los lamentos del pequeño se los llevaba el viento.

-No va a volver-, susurraba entre gemidos, -se ha ido y no va a regresar. Ella misma me lo dijo-. Tomó demasiado aire y se ahogó, lo que hizo que se quedara en silencio un momento. Por lo que su madre aprovechó para tenderlo en la cama y arroparlo hasta el cuello. Pero no dejaba de llorar.
-En el mundo en el que te encuentras, mi pequeño, hay muy pocas cosas que pueden regresarte el alma al cuerpo y devolverte la fé en la vida y en el mundo mismo cuando ya te has deshidratado de tanto llorar y tu cabeza quiere irse a morir lejos de tu cuello.
Una de esas poquísimas cosas, mi pedacito de cielo, es el circo... Déjame contarte una pequeña historia sobre un muchacho que sabía hacerlo prácticamente todo, menos amar. Y de una muchacha que no sabía hacer prácticamente nada, pero sí que podía amar.

...

Él la encontró sentada en el pórtico de una casa a punto de irse al piso. No lloraba, pero sus ojos no podían mirarlo con mayor tristeza. No hablaba, pero sus labios se movían como si no pudiera esperar para contarle la historia de su vida. Y no se movía, pero toda su piel se erizaba cuando lo escuchaba hablar.
Estaba sola y tenía las manos llenas de polvo y los párpados cansados.
Ella lo amó desde el primer momento en que lo vio y él a ella así también, sólo que tardó en darse cuenta de ello.
Él le tendió la mano y ella se aferró como si no hubiera un mañana para volver a verlo.

Él sabía hacerlo prácticamente todo.
Podía volar sobre los trapecios como si fuera el ave más hábil de todas.
Podía hacer trucos de magia y escapar de cualquier tipo de atadura como si del mismo Houdini se tratara.
Además era capaz de hacer sonreír hasta a la más triste muchacha del pueblo donde se encontrara.
Pero no era capaz de amar.
Ella no sabía hacer prácticamente nada.
Ponerse de cabezas la mareaba.
Le tenía terror a las alturas.
Y sus movimientos eran demasiado torpes para danzar o engañar los ojos de los demás.
Pero había dos cosas que podía hacer: cantar y amar.
Ambas las llevaba a cabo todo el tiempo, de la primera tenía una idea clara y de la segunda ni la más remota. Pero sabía que, de algún modo, podía hacerlo.

La primera vez que la escuchó cantar se quedó inmóvil sobre la cuerda floja.
Ella estaba abajo, sentada en el suelo, bajo la red que paraba las posibles caídas, y tarareaba alguna melodía que él jamás había escuchado, pero que sentía conocerla de toda la vida.
Ella se lo quedó mirando y su rostro se encendió como si se tratara de una pequeña lámpara roja.
Se marchó corriendo.
Para él, aquella melodía se convirtió en un susurro incesante, que lo acompañaba en cada encuentro con el cielo, con el suelo, con el verde, con el día, con la noche, con el azul, con todo. No era capaz de tenerla lejos mucho tiempo, tenía que oírla cantar una vez más, tenía que saber qué era esa melodía y por qué se le hacía familiar.
La segunda vez que la oyó sucedió algo fantástico.
Ella saltaba como una niña pequeña sobre la malla y reía. Él practicaba y practicaba, aunque ya lo había hecho toda la mañana, sólo porque esperaba oír siquiera un murmullo.
Pero ella seguía saltando y riendo y su risa era de miel, dulce y pegajosa.
Se quedó colgando del trapecio, con la cabeza llenándosele de sangre, quieto, muy quieto, como si ella fuera una presa y él el lobo a punto de cazarla.
Y ella se olvidó de que él estaba allí y comenzó a cantar mientras saltaba. La voz subía y bajaba lejos y cerca de él mientras ella saltaba y saltaba.
Era el momento.
Tomó impulso sobre el trapecio y en uno de los brincos de la muchacha la tomó de las muñecas y la alzó.
Soltó un grito que pudo haberle reventado los tímpanos de tenerla más cerca.
Lo miraba llena de terror, él sabía muy bien que la cabeza tenía que estarle dando vueltas y que el corazón tendría que estar a mil por hora mientras se elevaban más y más. Pensó que iba a largarse a llorar.
Pero no lo hizo. Sucedió algo hermoso. Comenzó a reír una vez más. Y su risa era de miel.
Y todos reían a su alrededor.
La domadora de leones junto a su león, el pequeño bailarín a la sombra de un arbusto, los grandes y los pequeños acróbatas en coro, las malabaristas una tras otra alternándose, los siete payasos, las dos tortugas y los tres conejos.
Y ella descubrió que podía volar, que podía danzar en el cielo mientras cantaba y sus rizos se elevaban y se esparcían como una nube y él fue feliz de oírla una y otra y otra vez.

Y ella voló tan alto que él prefirió quedarse cerca del suelo, para no perder un segundo de su canción haciendo piruetas y se le olvidó como ir tan alto.
La escuchaba, pero ya no le hablaba, ni siquiera la miraba. Sólo la escuchaba.
Y lentamente olvidó todo lo que sabía hacer para hacerse espacio para algo más. Algo que no sabía hacer.
Y ella lo amaba y sabía que aquello iba a dolerle, pero ya no era capaz de bajar por él.
Y cuando él lloró, ella también lo hizo.
Y las lágrimas se convirtieron en lluvia e inundaron el circo, ahogaron la ciudad. El río de sal se llevó a los demás actores, pero también se llevó el dolor y la pena.
Cuando cesaron las lágrimas no quedaba rastro de nada. Sólo una montaña y un bosque, que se extendía tras ellos.
Ella se asomó al borde de la montaña y miró hacia abajo. La ciudad estaba abajo, mojada, llena de nubes. Y el circo estaba sobre ella, ya demasiado lejos para hacer sonreír a los pequeños hombres grises a los que empapaba una lluvia también gris, que ya no venía de los ojos de nadie.
Él caminó hacia ella y por primera vez en mucho tiempo le habló.
Ella parpadeó miles de veces hasta entender todo lo que él le había dicho y, finalmente, sonrió.

...

El pequeño la miró con los ojos muy abiertos. Ya no había lágrimas, pero sus ojos aún estaban rojos.
-¿Qué fue lo que le dijo, mamá?
-Que acababan de nacer. Que había que hacerlo todo otra vez para que no se quedara nada sin aprender.
-¡Pero él ya sabía hacerlo todo!
-Ah, pero no sabía amar.
-¿Y qué fue de ellos?
Ella se rió y le dio un beso en la frente antes de tomar la vela que alumbraba la habitación.
-Están aquí y te aman más de lo que puedas imaginar. Ahora, a dormir.
Apagó la vela y cerró la puerta.

...

El pequeño se puso de pie y fue hacia la ventana.
De puntillas dejó que su aliento empañara el vidrio para poder escribir con el dedo: "Vuelve a mí, para que me enseñes a volar y yo pueda enseñarte algo más".
La lluvia cesó.

domingo, 12 de junio de 2011

Silente


El amor no trae trompetas,
no se presenta con un gran concierto ni una alfombra roja para pasar sobre ella.
Al amor no lo avisa un heraldo,
no viene de ropa suntuosa ni alza su voz como un llanto desesperado.
El amor no viene a tocar a tu puerta con rosas y actores de fiesta
para partir con aplausos y desvanecerse en la voz de los que lo han escuchado.

El amor viene en silencio
vestido de negro y anda en las sombras.
No dice nada y ni siquiera canta.
Llega cubierto de máscaras blancas
y se adueña facilmente de ti y de tu alma.
Estalla en colores con forma de flores
en obras alegres y hermosas canciones.
En risas de niños que juegan y danzan
y en bellas historias que los bardos cantan.


¿Qué tienes tú, caballero, que cuando te miro mi dolor olvido?
Se convierten tus ojos en el reflejo de mi pálido rostro
en la cuna del sueño y del constante anhelo.
Se vuelven tus labios mi razón y mi ánimo
en la tumba del rocío de mi cuerpo cansado.
Se transforma la Luna en testigo silenciosa
de besos mudos y miradas prófugas.

Si te digo esta noche que mi alma sólo puede reposar en tus brazos
¿te lanzarías a buscarme en el corazón de los astros?
Y si te digo esta noche que me harté de negarlo
¿me alzarías con ternura y me guardarías en tus dulces labios?

jueves, 26 de mayo de 2011

Crayola


Se abrazan.

Se cierra el telón, la lluvia golpea con fuerza el asfalto, la gente abre los paraguas y se va corriendo.

Sonríen.

El mundo se sacude en el otro extremo, se cae una ciudad entera, se ha hundido la Atlántida.

Se besan.

Corre que te alcanzo. Sube más alto, ¡más alto! El vacío o yo.

Se separan.

Son veinte pisos, el viento sopla con fuerza, él la observa y alza una ceja, ella da un paso hacia atrás. Él no puede creerlo. El vacío o él. El vacío.

Sonríen.
Ella cae junto a ellos y el rojo salpica sus abrigos negros.
Parpadean.
Él cae sobre ella y una vez más, son bañados en sangre.
Se miran. Se abrazan. Sonríen.
El mundo está roto, pero ellos siguen vivos.

Se van.
Las sirenas llenan la calle maltrecha, la lluvia cae mientras caminan bajo ella, los lava, los limpia. La gente corre a su alrededor. ¡Qué trágico! ¡Qué trágico!

Se besan.
¿El vacío o yo?
Ella sonríe y le enseña un crayón verde.
Tú.

domingo, 22 de mayo de 2011

El tiempo en tus pestañas


El tiempo en tus pestañas se mueve lentamente,
como si fuera la neblina, que en una mañana fría, no se mueve ni se siente.

El amor bajo tu piel se mueve como melodía,
como una cereza que baja y baja lentamente por los labios del descaro y la agonía.

El dolor junto a tu cuerpo es como alcohol dejado al aire.
Se evapora lentamente y deja sólo un olor acre.

Los sueños en tus pupilas son como velas encendidas.
Si el viento sopla, ellas se agitan, pero si las miro es como si estuvieran vivas.

... El tiempo en tus pestañas corre lentamente,
como la neblina, no se mueve ni se siente...

sábado, 21 de mayo de 2011

Come, please.


Come, come.
Come and hold me one more time.
Please, please.
Don't let me forget what's good for me.
Come, come.
I miss you more than everything.
Please, please.
Kiss me, kill me, set me free.

Tinta con vida

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