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*..*Las imágenes que uso las he tomado de Deviantart. Muchísimas gracias a los respectivos artistas.*..*

"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad".
~Jean Paul Sartre.

domingo, 6 de febrero de 2011

Ilusión


Este es el cuento que lancé al concurso del colegio el año anterior... Lo cierto es que me encanta aunque quedó en segundo puesto, si tienen curiosidad de leer el primero, aquí les dejo el link: http://www.facebook.com/notes/jose-daniel-angel/el-asesino/107977912613590

Espero disfruten el segundo lugar tanto como yo.

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Ilusión

El tiempo suele permanecer, para el imaginario general, encerrado entre las monótonas carreras de las manecillas del reloj y el desgajo de las páginas del calendario. Sin embargo, aunque ese sea el consenso mas aceptado, habría que decir en honor a la verdad, que no hay otro calendario que pueda hablar con franqueza del tiempo que el de los propios deseos.

Para ella hasta entonces el tiempo había discurrido entre ensoñaciones acompañadas del susurro de un arpa y una creciente sensación de soledad. Mientras esos sueños eran dueños de su aire, cada tañido era eterno y el tiempo dejaba de contar. Cuando estos cesaban sus oídos quedaban desnudos y a pesar del ruido que la envolviera, el pesado tic tac de los relojes se agolpaba en un rincón de su cabeza y le gritaba una sola palabra: soledad.

Y esa palabra había comenzado a afectarla, después de todo ella no podía contárselo a nadie ni besarlo en público. Ella no podía dejarse consentir y perderse en aquellas extrañas y hermosas conversaciones mientras alguien más estuviera presente porque él, sencillamente, no existía.

Pasó años junto a él, por supuesto, sin dejar de vivir su vida normal. Asistía a la universidad, salía con sus amigos, visitaba a sus abuelos en las afueras de la ciudad… y hasta salía, casualmente, con uno que otro chico de la facultad; pero no pasaba un solo segundo sin que ella pensara en él. No podía evitar verlo sentado en la ventana, tarareando y moviendo los dedos como si tocase una invisible arpa. No podía dejar de sentirlo sentado en el borde de su cama en la noche arropándola y velando por sus sueños.
No podía evitarlo. Ni a él, ni a su dulce voz, ni a su melancólica mirada, ni a sus tristes sonrisas, ni a sus impresionantes alas.

Por su parte él nunca parecía estar feliz, era como si cargara con una terrible condena sobre su espalda… Pero ella lo miraba y todo parecía desvanecerse. Ella lo miraba y la agonía se borraba de su sonrisa. Ella lo miraba y la calidez se extendía por su cuerpo. Ella lo miraba y él tenía fuerzas para seguir tocando el arpa, sentado en la ventana de su habitación, sonriéndole a la Luna.

Pero tantos años de soledad hicieron mella en ella. Y esa soledad fue lo que la llevó a conocer a Albert… Un chico de último año de la facultad de derecho de su universidad.
¡Oh! Albert era todo lo que aquel fantasma no podía ser.
Albert era cálido y la abrazaba con fuerza en presencia de otras personas, la llenaba de besos alegremente al saberla junto a él. La colmaba de presentes mientras otros estaban junto a ella para que supieran que ella no estaba sola.
Y ella se sentía feliz hasta que llegaba a su cuarto y se encontraba con esos ojos marrones que le devolvían su reflejo. Esos ojos marrones que parecían vitrales de catedral. Esos ojos llenos de amor y de felicidad cuando la miraban, pero que poco a poco se iban llenando más y más de tristeza…
Por supuesto ella no mantenía a Albert en secreto, y su adorado fantasma sabía que aquello iba a suceder necesariamente, y lo recibía en la resignación del silencio, sin decirle absolutamente nada. Y la seguía arropando en las noches, y seguía componiendo cosas para ella en el arpa invisible que estaba colgada sobre su mesa de noche.

Era en esos momentos en los que ella quería tirar a Albert al vacío y deshacerse en besos para aquel triste fantasma, para aquel hermoso personaje de historias lejanas y fantásticas.

Albert le propuso matrimonio al terminar la universidad.
Contraria a la reacción que se espera de alguien luego de tres años de noviazgo, ella no saltó hacia sus brazos y gritó como una loca de felicidad… Se quedó de pie bajo el farol mientras la nieve se arremolinaba a su alrededor.
Albert era un hombre bastante bien parecido, tenía una buena posición, era dulce y la quería… Ella no tenía ninguna disculpa para decirle que no.
Sin embargo ahí estaba ella, de pie como una estatua de mármol blanquísimo bajo la luz amarilla de un solitario farol en una de las calles secundarias de la ciudad. De pie y muda.
Para Albert eso fue lo más terrible, ¿qué podía hacerla dudar así, había otro acaso?
Él no pudo soportarlo y se llenó de esa furia ciega que tan bien guardada tenía, y la tomó del codo derecho para sacudirla. Ella no se esperaba algo así y perdió el equilibrio al instante. El piso estaba resbaloso, congelado por el invierno, y ella se deslizó como una hoja de papel y él pudo observarla un momento mientras se le escurría de la mano para ir a parar al piso.
Pero ella no cayó. Algo la sostuvo en mitad de su caída y la depositó con suavidad en el suelo.
Albert parecía haberse desquiciado al ver como el cuerpo de ella se movía solo, en el aire, sin apoyo alguno.
Retrocedió lentamente primero, preparado para correr.
- ¡Bruja!- Exclamó antes de darse la vuelta.
Esto sería lo último que sus anatémicos labios pronunciarían.
El fantasma la soltó de entre sus brazos y se precipitó con furia hacia Albert, que logró verlo justo antes de que sus fríos dedos se cerraran sobre su garganta y comenzaran a asfixiarlo sin piedad.
Patadas, sollozos, y luego… Silencio.
Alice estaba aterrada. Se puso de pie y con lágrimas en sus ojos se lanzó a correr calle abajo para llegar a su hogar.

Estuvo encerrada semanas enteras, sus compañeros y amigos lo comprendían “a la perfección”, su novio había sido hallado muerto. ¿Cómo no iba a sentirse así de triste?
Pero todo iba más allá de la simplicidad de una muerte.

Finalmente decidió abandonar su casa y regresó a la universidad.
Para sorpresa de todos, Alice parecía radiante.
Se reía con cualquier cosa, bromeaba, asistía a todas las clases e incluso sacaba las mejores notas de toda la facultad.
Pero al poco tiempo algunos comenzaron a notarlo. Sostenía conversaciones con alguien invisible, lo llamaba “amor”, le decía que jamás en su vida iba separarse de él y que era la mujer más feliz del mundo, que su novio anterior había sido malo con ella y no se la merecía. Y reía, reía como una histérica, como una loca.

Sus amigos y familiares terminaron por preocuparse, incluso si primero pensaron que estaba hablando con el recuerdo de Albert, aquello se les salió de las manos y Alice fue internada en una clínica psiquiátrica.
Poco después, saldría de esa clínica y la enviarían a un sanatorio con una camisa de fuerza manchada de sangre.

Su habitación en la clínica se había vuelto un caos, había sangre en las sábanas hechas jirones y la puerta de madera estaba llena de rasguños. El doctor estaba en el piso, sobre un charco de sangre espesa, la enfermera estaba amarrada con retazos de las cortinas y su rostro tenía una expresión estática de terror que había quedado fija en el momento en el que había muerto.

La encerraron en una habitación acolchada con puertas de metal, pero no lograron aplicarle ningún sedante… Las jeringas reventaban en las manos de quienes iban a inyectarla, o se clavaban en ellos mismos.
Nadie entraba a esa habitación, sólo le pasaban la comida por un pequeño agujero, pero ella no comía, se había deshecho de la camisa de fuerza y la había colgado en las rejillas de la puerta de metal.

Y Alice estaba feliz, estaba sola, podía hablar con él cuando quisiera, podía besarlo, podía jugar, podía hacerle el amor, podía reposar en sus brazos, y al final, ella sabía que podía estar con él para siempre.

Por eso un día retiró la camisa de fuerza de la puerta y dejó entrar algo de luz.
Un guardia que pasaba por ahí la observó desde fuera, atemorizado de entrar a la habitación.
Lucía terrible. Llevaba semanas sin comer más que algún mordisco de pan cuando no aguantaba el dolor, los huesos se le marcaban en la piel, su cabello, antes brillante de color cobre, estaba ahora extremadamente delgado y le llegaba hasta la cintura. Los ojos se le hundían en las cuencas por su extrema delgadez, sus mejillas se curvaban hacia el interior de su rostro y sus manos estaban arrugadas, parecían las de una anciana.
Ató la camisa de fuerza a su cuello con un nudo de ahorcado y la soltó.
Antes de poder hacer algo o ver algo más se escuchó un grito en el pasillo fuera de la celda.
El guardia se lanzó al suelo deshecho en gritos y lamentos, agarrándose el rostro con las manos, por las que se escurría sangre.
Sus ojos se hallaban en el suelo, uno observándolo a él, el otro tratando de ver dentro de la celda de la muchacha.
Los gritos de agonía se apagaron lentamente, a medida que el guardia se alejaba corriendo por los pasillos, en busca de ayuda.

Los pasos retumbaron en el hospital, y el ojo que miraba por la rendija, entre el piso y la puerta de Alice, pudo ver como la muchacha caía al suelo acolchonado de su celda y se quedaba allí, acostada, muda, sin vida, ahorcada por su camisa de fuerza… Ella podía verlo… Sólo ella. Nadie más parecía percibirlo.

sábado, 5 de febrero de 2011

Esperanza


Llevamos años sin ver el sol caer,
ni las flores muertas de nuestro amanecer.
No sé tú, pero no pienso quedarme,
no sé tú, pero yo voy a marcharme.

No sé si cuando parta
correrás y olvidarás.
Y si acaso nos odiamos,
nos amamos tanto más.

Y si estamos bajo un sol que no calienta,
entonces crearemos una noche tan perfecta
que haremos que todo al rededor despierte,
que haremos que el amor nos dure para siempre.

He aquí la tímida excepción.
Ves como la regla tiene un fallo, amor.
Se supone hemos de estar malditos,
se supone hemos de estar perdidos.
Pero de cara al sol nos reímos del dolor,
de cara al sol nos aferramos al amor.

domingo, 16 de enero de 2011

Sueño de libertad


Abril 21

He decidido dejarlo todo, voy a abandonarlo todo, no volveré a vivir cerca de mi cuna.
Los árboles se hacen más viejos, pero ellos viven mucho más que yo y yo no voy a dejar que el tiempo me consuma como a sus indefensas flores.
No he venido aquí para seguir los pasos de los que me dieron la vida, no he venido aquí para seguir los ideales del mundo, tal vez ni siquiera he venido aquí para hacer algo por todos ustedes.
Estoy cansada de ver pasar la luna sobre el cielo cada noche, ya sea en primavera o en invierno y sentir como el frío se atreve a apoderarse de mí y el sueño me obliga a cerrar los ojos una vez más.
Me he hartado de la compañía de las aves y de las nubes vespertinas, me harté de vivir hasta temprano y desde temprano. Me harté del canto de los gallos y de la calidez del medio día. Ya no puedo vivir bajo los ojos eternos del cielo iluminado por el sol.

Lo dejo casi todo como está: mi mesa está revuelta y mis paredes a medio pintar, los lápices están aún en sus cajas y las cortinas continúan cerradas. Tus cartas están en mi cajón y la ropa vieja continúa doblada, justo donde la dejamos la última vez que me la arrebataste.
Sé que huele a soledad, sé que se respira el dolor. Pero me he llevado los sueños y mi voz y con eso ha de bastarme.

...

Las calles de este barrio no son como fueron las de mi niñez. Estas son frías y están llenas de sueños en proceso o de sueños en reparación. Aún me siento ajena a él.
Esta vez sólo puedo escuchar a los ruiseñores con atención y mirar las estrellas que parecen eternas. Sólo puedo hablarle a mi sombra del dolor y de la esperanza. Y quizás lamento haber abandonado una vida tan estructurada... Pero soy feliz.
Lo he dejado todo, los he dejado a todos.
Pero sigo mi sueño y alzo mi voz desde el alma, para el cielo nocturno y para nuestros corazones.
Soy feliz.

jueves, 13 de enero de 2011

Sonríeme


Era tan complicado. Hacerte un retrato fue siempre extenuante y odioso.
Jamás comprendí porqué tu alma nunca aprendió a quedarse quieta en el lienzo. Jamás comprendí porqué me quedaban chuecas tus sonrisas.
"Quédate quieta, te lo ruego"
Pero no. Tu cuerpo se ladeaba en la silla y tu sonrisa se escurría luego de un par de segundos. ¡Que detestable eras!
Nunca supiste como hacer feliz a un hombre. ¿Cómo ibas a saberlo si jamás te hiciste feliz a ti misma?
"Vamos, sólo sonríeme un par de segundos"
Pero no. Te era tan difícil mantener tus labios algo estirados hacia arriba, guardando en tu rostro la expresión angelical que todos ellos querían para sí mismos.
Te confieso que llegué a amarte. Pero no duró mucho. ¿Cómo podía alguien a amar a la melancolía de tus ojos cuando conocía la perfección de su alegría?
"Es sólo un momento, no te quejes más. Vamos, no seas tan mimada"
A regañadientes te enderezabas en el puesto y dibujabas en tu rostro la sonrisa más horrenda que jamás hubiera visto un hombre. ¡Que asco!
"¿Es mi culpa, eso dices? ¿Soy yo el que no te hace feliz?"
Más te valdría haberte quedado en silencio. Mentiras, mentiras que consuelan tu alma podrida, vanidosa, ególatra.
Idiota irremediable. En tu cabeza jamás entrará nada que no seas tú. Eres ignorante de todo lo que pasa a tu alrededor. No puedes sonreírle a los pájaros cuando cantan ni a las flores cuando crecen. No eres más que un cascarón de porcelana blanca y fina, con ojos carentes de expresión, perdidos en un mundo de ensueños que jamás ha existido para los que estamos ahí esperando una miserable sonrisa de tus labios perdidos.
"¿Qué no te veo realmente? ¿Qué no puedo encadenarte a la puerta y obligarte a posar para mí eternamente?"
Pero si es la única forma, cariño. Al menos así la angustia reemplazaría a la inclemente tristeza que azota tu mirada.
Más te vale hacer silencio, porque bien podría coger uno de mis pinceles de metal y obligarte a sonreír para siempre. Así que sonríe, querida, sonríe.
No llores, no llores que se te va a correr la sangre del rostro y así no te ves bien.
"¿Quieres que te haga una nueva herida? ¿Es eso lo que me pides?"
Así cariño. Muy bien, has comprendido el asunto.
Sigue sonriendo. Sonríeme, que aún tenemos un par de años por delante, hasta que finalmente capture tu esencia en mi retrato y pueda deshacerme de tu detestable cuerpo.
Eso, sonríeme, cariño. Así, muy bien. Tal vez te deje ir algún día si me prometes seguir sonriendo.

El artista se inclinó hacia adelante con su bisturí teñido de óleo rojo y dibujó una sonrisa finísima sobre su modelo.
Las lágrimas fueron a parar al suelo junto a la sangre que desteñía el rostro de la mujer.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Castillos de cristal


No vale la pena si miramos hacia abajo y lo único que podemos ver es la tristeza de estar solas.
No vale la pena sentarse en un trono de diamante cuando nos duele todo por dentro sencillamente porque nosotras así lo quisimos.
No vale la pena ansiar su calor si ellos han decidido marcharse porque no son capaces de tener entre sus manos un amasijo de sueños filosos e inalcanzables.

No vale la pena vivir en castillos de cristal si sólo están dentro de nosotras. No vale la pena si tenemos que estar solas. No lo vale.
No vale la pena llorarlos mil noches si ellos no son capaces de calentar nuestro cuerpo, que ya no puede sostenerse en pie.
No vale la pena que el sol seque nuestras lágrimas si en el fondo de nuestro abismo nos arden las entrañas.
No vale la pena que nos abracen si sencillamente sentimos nuestra propia piel como si fuera ceniza y nuestro cuerpo como si fuera una cárcel.

Si pudiéramos ser etéreas y que el aire atravesara nuestros costados. Si pudiéramos ser tan pálidas como la porcelana y tan sublimes como la noche.
Si pudiéramos alcanzar los sueños que hace tanto tiempo sabíamos rotos y arder entre las risas de los bufones que nos enseñan nuestro reflejo cada tarde y cada noche.
Si pudiéramos dejar atrás el dolor y llegar más allá de la cárcel que nos creamos.
Si nuestras alas no se hubieran quebrado antes de tiempo y nuestra risa no se hubiera extinguido junto a todo lo que nuestro cuerpo cuidaba.
Si ellos fueran capaces de matar los sueños que nos hacen daño y de cuidar los que nos acunan en las noches sin luna.
Si sus voces fueran caricias y no gritos que laceran nuestra alma perdida.
Si lograran nuestras voces quebrar el mundo que nos cose la boca y nos obliga a ser cada vez más efímeras.

...

Si tan sólo nuestro sueño no implicara ser el imaginario perdido de un mundo podrido.

lunes, 6 de diciembre de 2010

De la palabra al silencio


Entiendo que aquella noche te dejé entrar,
que el silencio de tus ojos me hizo querer hacerlos hablar.
Entiendo que fue mi culpa y no voy a discutirlo,
pero ahora, creo que preferiría que fuéramos mudos.

Bajé hasta lugares inconcebibles sólo por pintarte una sonrisa,
deshice mi vida y la volví a armar para girar en torno a tu extraño sol.
No sé si fue un error, no me arrepiento de haberlo hecho,
pero me duele porque ahora no sé que pálido planeta soy.

Las estrellas me lo advirtieron y yo hice caso omiso,
el sol quiso cegarme y me libré de su abrazo.
La Luna nos acunó a ambos, por tantas noches, por tanto tiempo,
y el invierno corrió entre nuestros dedos hasta derretirse.

Los lobos aullaban mientras me deshacía en lágrimas
que tus manos secaban con insistencia.
Mil veces me recibiste y otras mil te recibí yo,
bajo el frío abrazo de la inclemente noche.

Y hoy, que te espero de pie junto al roble,
hoy, no apareces.

Porque hace mucho que nos fuimos de aquí,
hace mucho que quemamos la casa.
Hace mucho que nos deshicimos de la ropa vieja
y que incineramos los deseos de infancia.

Quisimos morirnos hace mucho tiempo,
por alguien o por nosotros mismos.
No sé si yo haya cumplido mi parte,
sólo sé que hoy, no estás bajo el roble.

Está bien, me iré entonces, pero no me pidas volver,
porque el tiempo se encargará de matar mis deseos,
se encargará de hacer que arda en otro lugar
y que vaya a otra parte a soñar.

Así es el día que hoy corre bajo mis pies,
no esperes que esté cuando tu boca se digne a llamarme.
No esperes que esté cuando tu piel pida a gritos la mía,
no esperes que esté cuando las sonrisas se agoten en la orilla del mar.

Yo tomaré otra dirección, el mar nunca fue mi destino,
me dirijo hacia la montaña, hacia el frío,
hacia el lago que me sirve de espejo,
para no olvidar mi imagen,
para no olvidarme del sueño.

Ahora te pido que llores,
que lo hagas por última vez,
porque tus ojos quedarán cerrados
desde que sueltes este papel.

El veneno es sutil y mi herida también.
Yo me desangro por dentro,
a ti se te deshace la piel.

¿Queríamos morirnos, no es cierto?
Vamos a un lugar donde sea inevitable encontrarnos,
donde sea imposible que me dejes de pie.
Sola, bajo el poderoso roble,
sosteniendo un triste clavel.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Fuego y veneno


… Ella se levantó y se dirigió lentamente hacia el espejo. La luz que la vela le proporcionaba no era suficiente para ver su reflejo completo, pero sus curvas se adivinaban con el tenue resplandor. Se trenzó el cabello con pausa, teniendo cuidado con cada hebra de fuego que tomaba entre sus manos.
Sí, estaba helada y no, no sentía dolor.
Acarició su rostro con el dorso de su mano, su piel era tersa y blanca. Estaba consciente de que era hermosa a ojos de los hombres, pero a los suyos no era más que una herramienta de su afilada mente.
El viento se coló en la habitación y la hizo estremecer. Caminó, desnuda, hacia la ventana. La cerró y también las cortinas. Así estaba mucho mejor, la habitación era cálida y nada perturbaba la paz.
Se giró con parsimonia y fue hacia la cama. Se sentó en el borde y tomó la copa de la que había estado bebiendo vino minutos antes. La agitó un poco y pudo ver como se formaba un pequeño remolino carmesí. Bebió un pequeño trago, tal vez no sería más que un sorbo, y la depositó junto a la otra copa, aún intacta. Que ingenua había sido.
Se dejó caer sobre la almohada y giró hacia su derecha, acurrucándose junto al cuerpo de su esposo, aún cálido. Lentamente, recorrió el pecho del hombre que la había amado y al que había amado durante tanto tiempo. A la altura del vientre se topó con el puñal y la herida que aún latía. La sangre empapaba las sábanas y se pegaba a la piel.
Subió de nuevo con su mano hasta llegar al rostro, cerró sus ojos con cuidado y retiró la mano.
Las lágrimas y los lamentos que pudieron haber escapado en el momento se perdieron entre la sangre y el sonido del viento. Se apagaron lentamente, como la tormenta, mientras el veneno consumía sus entrañas y la llevaba junto a él, lejos del dolor, hacia la noche y su eterno resplandor.

Tinta con vida

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